6 oct. 2016

Un volante salvador


Rufino escapaba, corría entre la multitud de pasajeros de la estación de trenes de Constitución, en sus bolsillos llevaba unos papeles tintados por el estado, un mes de esfuerzo al sol para llevar la comida a casa y no iba a dejar que esos dos hijos de puta que le perseguían se quedaran con el sustento de sus hijos.

Las voces se convirtieron en murmullo, las miradas ajenas veían un triste paisaje cotidiano en la ciudad, otra víctima siendo devorada en la selva, un atisbo de la decadente sociedad actual. El correntino sintió un golpe atrás de la oreja, lo habían cazado, pero no se dejó amilanar y le salió un grito desde la impotencia - ¡Si me van robar, róbame bien la concha de tu madre! - las miradas apuntaron y enfocaron hacia los tres protagonistas, los delincuentes sorprendidos le regalaron unos segundos a Rufino que aprovecho el envite para dar una marcha más y cruzar hacia la gran Plaza donde se encuentra las paradas de los micros, un gran sube y baja humano.

Cuando pensó que los había perdido, escucho la voz del diablo detrás suyo - ¡Acá en la Plaza caen mucho mejor! -, la ventaja se esfumo rápida, ciego escapaba y sin darse cuenta se vio en el asfalto, galopaba delante de uno de la gran cantidad de colectivos, le tocaban bocina sin comprender la situación. Corría, pero el tiempo no, aturdido diviso una puerta abierta de un coche de la línea cincuenta y cuatro, subió de una los escalones y temblando le comentó al chofer la situación, el volante redentor cerro rápidamente la puerta y le dijo que se quede detrás de su asiento, mientras ponía en marcha el bondi hacia la salvación, enseguida divisaron entre el mar de gente a los cazadores desesperados buscando a la presa pérdida.

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